Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.
Sonata de Mekania

Fallece un novato

Aunque llevo bastante retrasados los diarios de nuestra campaña (decir que no actualizo es ya un eufemismo), he decidido pasar este micro-relato de nuestro foro habitual a este blog, a ver si de esa manera voy entrando en calor y remonto esta "crisis bloguera".

A Ulnar le gustaba este grupo. Había oído de aventureros que no eran más que compañeros de viaje, e incluso de algunos que llegaban a traicionarse unos a otros. Pero las Garras del Fénix parecían gente de fiar... Dejarse de esa manera prácticamente todo su dinero para poder salvar a un compañero era una muestra de su fidelidad. Ojalá llegara a encajar entre ellos, demostrando su valía y adquiriendo ese compromiso recíproco, implícito, del que parecían disfrutar.
Algo tenían de malo, por supuesto: la cantidad de enemigos que se habían formado. Por las historias que había escuchado, las Garras se habían dedicado a molestar a varias fuerzas a tener en cuenta en la ciudad.
Y ahora, eso pasaba factura...
 
¿Por qué estos encapuchados les atacaban en pleno día, en medio de una de las calles más transitadas de la ciudad? ¿Y quiénes eran? Habían avanzado en completo silencio, y la rapidez con que se movían no parecía concordar con la potencia de sus golpes.
Había visto caer al nylio, de nombre Sarno, si mal no recordaba. Y había comprobado una vez más la cohesión del grupo, cuando todos gritaron con fervor, y el de gris se lanzaba a ayudarle, soportando estoicamente los golpes recibidos para poder ponerle a salvo.
Había visto caer a una de las albas, y se dió cuenta de que las Garras redoblaban sus esfuerzos. Los encapuchados empezaban también a caer.
Pero Ulnar, poco podía hacer frente al embate de dos de ellos, aparte de sujetar con fuerza el escudo, y tratar de aguantar hasta que recibiera ayuda. ¿Y dónde diablos estaban los Sombreros Negros?
A su izquierda, sin previo aviso, el gigantón kveldita sufrió una serie de espasmos, para acabar convertido en un enorme lobo. ¿Un licántropo en el grupo? ¿Tal vez a eso se referían Nali y el landerio cuando hablaban de que el suyo era un grupo multi-racial?
Lástima que la sorpresa le hiciera bajar la guardia. Y el encapuchado no era tonto... El tajo del sable en el cuello fue tremendo, y derribó a Ulnar.
En el suelo, viendo su sangre lavar los sucios adoquines de Canalburgo, el duergo se preguntó si esa era toda la gloria que el destino le deparaba.
Así murió Ulnar, el duergo barbiluengo. Los que le conocieron, no pueden evitar sonreír al evocarle.



Estamos creando una campaña publicitaria con este trágico suceso, comenzando por las camisetas. Luego podríamos seguir con tazas y demás zarandajas.